HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL

Iglesia Catedral, 27 de marzo de 2024

 

Como cada año, una vez más,
ya a las puertas de la gran celebración pascual,
la Misa Crismal nos reúne como pueblo de Dios,
Iglesia peregrina en Avellaneda-Lanús.

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios
en estas lecturas que hablan de Cristo,
el Ungido por el Espíritu del Señor,
y hablan también de nosotros, su comunidad.

Nunca insistiremos lo suficiente en esto:
nuestra identidad y nuestra misión como Iglesia,
como comunidad cristiana,
como pueblo creyente,
sólo se ilumina a la luz de la misión
del propio Jesús, el Cristo, el Ungido.

Atendería aquí cualquier tentación tramposa
de querer mirarnos, vernos o proponernos
como una suerte de «solución mesiánica»
a los males de estos tiempos;
porque no somos eso, sino discípulos de Cristo.
No somos «sociedad perfecta»,
ni tampoco somos «los puros»
que «salvarán» a la raza humana:
Somos discípulos de Jesús.

Quiénes somos y qué estamos llamados a vivir hoy
sólo se ilumina mirándolo a él,
escuchándolo a él,
dejándonos renovar por él y como él,
a su imagen y a su modo.

No son los grandes enunciados,
ni los voluminosos programas pastorales
que podamos hacernos por nuestra cuenta
—con buena voluntad y sincera preocupación por la misión, ciertamente—,
mucho menos las últimas tendencias y técnicas
de marketing o de «liderazgo» al estilo empresarial…
Nada, fuera del propio Cristo
puede llevarnos a redescubrir
quiénes somos y quiénes estamos llamados a ser
en este momento de la historia.

Esta Misa Crismal nos prepara, entonces,
para «reavivar nuestra vocación de pueblo de la alianza»,
como dice un bello prefacio de Cuaresma[1],
y para renovar nuestro «sí» en la gran celebración pascual.

*

¿Qué hemos escuchado, entonces?
¿Qué dicen, qué nos dicen,
qué dicen sobre nosotros y para nosotros aquí, hoy,
estas lecturas bíblicas que juntos acabamos de oír?

Hablan de un pueblo,
un pueblo con una misión.
Hablan de un pueblo que, «en medio de los pueblos»,
es «estirpe bendecida por el Señor»,
señal y testimonio de su salvación (Is 61, 9):
«Ustedes serán llamados “sacerdotes del Señor”,
se les dirá “ministros de nuestro Dios”» (Is 61, 6).

Un pueblo sacerdotal: pueblo amado, ungido y enviado.

Un pueblo amado; ante todo, amado:
«Él [Cristo] nos amó…
e hizo de nosotros un pueblo sacerdotal para Dios, su Padre» (Ap 1, 5-6),
escuchamos en la segunda lectura.

Un pueblo ungido,
marcado, revestido, habitado por el Espíritu del Señor:
«El Espíritu del Señor está sobre mí…»,
dice el profeta y proclama Jesús (Is 61, 1; Lc 4, 18).

La unción habla de una marca, un don
que, como el aceite, penetra hasta lo más profundo,
llena desde lo más hondo,
fortalece desde lo más íntimo.

A la liturgia le gusta hablar de esta unción
como aquella que recibieron sacerdotes, reyes, profetas y mártires[2].
Esta es la unción que recibimos,
este es el Espíritu que nos habita:

Espíritu de santidad, que nos hace ser de Dios y para él;
Espíritu de sabiduría y de luz,
que guía nuestro discernimiento para servir mejor,
con la mayor entrega, a nuestro pueblo;
Espíritu de la palabra profética,
que nos hace humildes servidores
(no soberbios poseedores, sino humildes servidores)
de un anuncio de vida y salvación;
Espíritu de fortaleza,
que nos permite afrontar la hostilidad
mansamente, sin violencias, al estilo de Jesús.

Y así, finalmente, un pueblo enviado.
Lo escuchamos del profeta y en el Evangelio:
«Me envió a llevar la buena noticia a los pobres,
a vendar los corazones heridos,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la libertad a los prisioneros,
a proclamar un año de gracia del Señor…,
a consolar a todos los que están de duelo…» (Is 61, 1-2; cf. Lc 4, 18-19).

Para esto nos unge el Espíritu.
Para esta misión, para esta tarea
de ir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo,
comenzando por los últimos, por los que sufren,
los que están de duelo, los que están heridos, los pobres…
¡Y cuántos son en Lanús y Avellaneda,
que esperan de nosotros cercanía, escucha, paciencia, servicio…!

Para esto, para esta misión, estamos hoy aquí.
Como Jesús, también nosotros quisiéramos poder decir:
«Hoy se cumple este pasaje de la Escritura que acaban de oír» (Lc 4, 21).

*

En Pentecostés del año pasado,
memoria y actualización del don del Espíritu,
les escribí una carta pastoral
en la que les proponía una prioridad
(la llamamos «orientación pastoral»),
que guíe nuestro camino en común durante los próximos años:
revitalizar y fortalecer las comunidades locales.

Les hablé de tres acentos,
recogidos de estos diez años de ministerio del Papa Francisco,
pero que, en realidad, nacen del corazón mismo del Evangelio.
Son tres acentos que quisieran ayudarnos a concretar ese propósito,
para revitalizar y fortalecer nuestras comunidades
a la luz del Evangelio de Jesús,
para no dispersar energías en acciones
tal vez hermosas pero secundarias,
para ir a lo verdaderamente esencial
de la misión de Jesús, el Ungido, y la nuestra:

la centralidad del Evangelio vivido, celebrado y anunciado;
la cercanía misericordiosa con quienes sufren, y
la conversión misionera de nuestras comunidades
en clave sinodal, de camino compartido,
camino de comunión, participación y corresponsabilidad.

En esta Misa Crismal, quisiera invitarlos,
invitarnos (también me incluyo),
a dejarnos convocar por la Palabra de Dios a esta renovación.
Somos el pueblo amado, ungido y enviado.
Nuestra sociedad,
sumergida en una crisis que crece día tras día
y atravesada por discursos de odio y de violencia
que parecen replicarse indefinidamente,
necesita más que nunca este testimonio nuestro:
comunidades que de verdad llevan la buena noticia a los pobres,
vendan corazones heridos,
proclaman la liberación a los cautivos,
consuelan a quienes están de duelo,
hablan —con sus gestos más que con sus palabras—
del tiempo de la gracia, la misericordia, la ternura de nuestro Dios.

*

A nosotros, sacerdotes, ministros,
que en el marco de esta asamblea
renovamos el compromiso de nuestra ordenación,
nos tocan de manera especial estas palabras.
No por privilegios, ni porque estemos de algún modo por encima.
Sencillamente porque para servir a este pueblo sacerdotal,
pueblo amado, ungido y enviado,
necesitamos contagiarnos nosotros mismos del estilo de Jesús
y hacerlo carne en nuestro ministerio.

Dar centralidad al Evangelio,
renovar nuestra cercanía con los pobres y los últimos
—mucho más en este tiempo—,
aprender pacientemente el arte
de animar sinodalmente a nuestras comunidades:
estos acentos no son sólo «para la actividad pastoral»;
quieren enriquecer nuestra espiritualidad de pastores,
son una invitación a renovarnos en este «oficio de caridad»,
como llamaba san Agustín a nuestro ministerio.

En medio de este pueblo convocado por el Evangelio,
somos hombres de la Palabra de Dios,
que se alimentan de ella cada día
y, como nos dijeron el día de nuestra ordenación diaconal,
creen lo que leen,
anuncian lo que creen
y practican lo que anuncian[3].

En medio de este pueblo llamado a vivir
la cercanía misericordiosa con quienes sufren,
somos hombres de nuestro pueblo y entregados a él,
que eligen, como Jesús, estar al lado de los últimos.
Antes de ser ordenado, al obispo se le hace esta pregunta:
«¿Quieres mostrarte afable y bondadoso, en el nombre del Señor,
con los pobres, con los que no tienen casa y con todos los necesitados?»[4].
Este compromiso ni comienza con el episcopado
ni es exclusivo de un obispo;
es una expresión irrenunciable
de toda genuina espiritualidad sacerdotal.

En medio de este pueblo todo él enviado,
somos hombres de la comunión,
que saben abrir espacios, crear lugar,
favorecer la escucha, dar la palabra,
animar a los más tímidos,
acoger la diversidad de vocaciones,
promover la riqueza de servicios y ministerios,
alentar una misión siempre compartida,
siempre en camino, siempre generosa…

Hombres del Evangelio,
hombres de nuestro pueblo y entregados a él,
hombres de la comunión:
desde aquí vivimos nuestra misión de pastores
en el seno de este pueblo sacerdotal,
pueblo santo, servidor y creyente.

*

Pidamos al Espíritu Santo, que nos ha reunido,
que nos haga capaces de responder con generosidad y humildad
a nuestra vocación de pueblo amado, ungido y enviado,
y que él mismo renueve sus dones
en todos nosotros, pastores y comunidades,
para ser, en medio de nuestro pueblo,
servidores y testigos de la buena noticia.

 

Padre Obispo Maxi Margni
Obispo de Avellaneda-Lanús

[1] Misal Romano, Ordinario de la Misa, Prefacio de Cuaresma V.

[2] Pontifical Romano, Ritual de la Bendición del óleo de los catecúmenos, del óleo de los enfermos y Consagración del Crisma, 25: primera oración para la Consagración del santo Crisma.

[3] Pontifical Romano, Ordenación de los diáconos, 210.

[4] Pontifical Romano, Ordenación de un Obispo, 40.