CELEBRACIÓN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
El domingo 31 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad, el Padre Obispo Marcelo (Maxi) Margni visitó el Centro Misionero Santísima Trinidad de Remedios de Escalada y presidió la Misa central con la comunidad de los Siervos de la Trinidad, a quien les dijo:
“Quiero reiterar también mi agradecimiento por la fraternidad de los Siervos de la Trinidad, Servi Trinitatis. Me siento muy unido a ustedes, no solamente en la misión apostólica y pastoral que me toca desempeñar, sino también en la amistad… Gracias también a todos los que colaboran con el Centro Misionero, y quiero motivarlos a que sigan haciéndolo, tanto quienes desempeñan una misión evangelizadora, catequística o de servicio, que deben ser muchos, como quienes forman parte de esta comunidad. Quiero animarlos especialmente a seguir colaborando con todo lo que hacen para mantener tan hermoso este lugar, que desde la primera vez que vine hasta ahora ha tenido progresos enormes. Eso me da mucha alegría, porque habla también de la vitalidad de una comunidad que quiere tener un espacio para encontrarse, celebrar, servir y anunciar el Evangelio, algo que tanta falta nos hace en estos tiempos. Así que, a no aflojar, a seguir adelante, y muchísimas gracias a todos ustedes, especialmente al padre Arturo, al padre Lucas, a la comunidad de consagradas, al Centro Misionero, a la Asociación Sol y a Católicos en Acción, y a toda esta realidad de servicio de los Siervos de la Trinidad. Muchas gracias”.
La homilía del Obispo Maxi se comparte a continuación
HOMILÍA DEL PADRE OBISPO MAXI EN LAS FIESTAS PATRONALES
DEL CENTRO MISIONERO SANTÍSIMA TRINIDAD
Queridos hermanos y hermanas:
La Iglesia nos propone hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad. Después de haber recorrido la Pascua y de haber celebrado Pentecostés, salen a nuestro encuentro dos grandes misterios: el de hoy, la Santísima Trinidad, y el de la próxima semana, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Los misterios están para ser contemplados. No se trata simplemente de analizarlos o comprenderlos intelectualmente.
La identidad de Dios sale al encuentro de la humanidad para dejarnos atrapar por la contemplación, que es un modo distinto de conocer, el modo propio de los creyentes. Por eso quienes intentan reducir todo a la especulación tienen dificultades frente a este misterio. ¿Qué aparece en la Trinidad? Aparece un Dios que no es soledad, sino comunión: Tres personas divinas que reflejan la gran vocación de la humanidad: el amor. Es importante contemplar este misterio en tiempos difíciles y turbulentos.
El papa León utiliza con frecuencia una palabra que resulta muy significativa: ‘desarmar’. La emplea para referirse a una humanidad desgarrada por la violencia de las guerras. Desarmar significa bajar las armas. La pregunta es: ¿cuáles son nuestras armas? ¿Qué utiliza cada uno para defenderse o para responder a los demás? Hay armas visibles y otras mucho más sutiles: las de la confrontación, la agresividad, el resentimiento y la pelea cotidiana. Es un problema que afecta a los pueblos, a la historia y también a nuestras relaciones más cercanas.
La segunda lectura, tomada de san Pablo a los Corintios, es un ejemplo extraordinario. Pablo habla con inmenso amor a una comunidad llena de conflictos y dificultades. Sin embargo, allí los cristianos se empeñaron en anunciar el Evangelio del amor.
Por eso hoy estamos ante un misterio que invita a los creyentes a desarmar muchas cosas. A veces tenemos conceptos de Dios que no son adecuados. Nos aferramos a imágenes de Dios que no son las que Jesús nos reveló. La solemnidad de la Santísima Trinidad expresa una madurez en el camino de fe de la comunidad creyente. Fueron necesarios muchos años para que la Iglesia llegara a profesar la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es el fruto de una profunda contemplación y de una intensa vida espiritual. Por eso debemos preguntarnos: ¿cuál es nuestra idea de Dios?
Muchas veces se nos ha transmitido la imagen de un Dios castigador. Incluso el tema del infierno ha sido utilizado para establecer una relación insana con Dios, marcada por culpas enfermizas. Esa no es la imagen del verdadero Dios. Ahí es donde aparece la necesidad de desarmar. Hay que desarmar la imagen de un Dios que no corresponde con la realidad de Dios. Ese es uno de los caminos más profundos de la vida espiritual.
El misterio de hoy nos invita a contemplar aquello que expresa la esencia misma de Dios. ¿Y cuál es esa esencia? El amor. La humanidad utiliza esa palabra para muchas realidades distintas: el amor de la pareja, el amor entre padres e hijos, el amor de la amistad. Los griegos incluso empleaban diversas palabras para describir esos vínculos. Pero cuando contemplamos el misterio de la Trinidad descubrimos la esencia de lo que creemos acerca de Dios. Dios es amor. Un amor hecho de misericordia, ternura, paciencia y perdón. Un amor incondicional. ¿Qué significa que el amor de Dios sea incondicional? Significa que no depende de méritos previos ni de condiciones impuestas. Es un amor que permanece. ¡Qué hermoso es experimentar un amor así!
Y es importante afirmarlo con fuerza en estos tiempos en los que muchas convicciones fundamentales parecen debilitarse. Vivimos en la época de la inteligencia artificial. La Iglesia, que durante mucho tiempo fue relegada por muchos sectores de la sociedad, hoy vuelve a ser escuchada cuando reflexiona sobre estos temas. La pregunta es por qué. Porque está en juego la dignidad humana. Existe el riesgo de que decisiones fundamentales de nuestra vida queden cada vez más condicionadas por algoritmos y procesos automáticos. Pero ninguna inteligencia artificial puede experimentar un amor incondicional.
Por eso algunos teólogos afirman que, si el ser humano tuviera que imaginar el infierno, podría describirlo como la soledad absoluta. La contemplación de la Trinidad es justamente lo contrario: un canto a la comunidad, al encuentro y a la fraternidad. El misterio que nos da identidad es un misterio profundo que nos habla de un Dios que sale a nuestro encuentro para ayudarnos a desarmar nuestras falsas ideas sobre Él.
Si en tu vida interior se ha instalado la imagen de un Dios que no expresa el amor incondicional, tu tarea consiste en desmontar esa falsa imagen. Y también estamos llamados a realizar en nosotros aquello que contemplamos en Dios. Si Él es amor incondicional, nosotros estamos llamados a vivir de la misma manera. Por eso vale la pena preguntarse: ¿tenés amores incondicionales? ¿Expresás amor incondicional a alguien?
Hay que tener cuidado porque los resentimientos suelen romper primero los vínculos del amor. Cuando atravesamos experiencias dolorosas o traumáticas, especialmente en nuestras relaciones más importantes, existe el riesgo de cerrar el corazón. Sin embargo, nadie puede vivir espiritualmente sano si ha perdido la capacidad de amar incondicionalmente. Por eso resulta interesante observar algunos fenómenos de nuestro tiempo. Muchas personas vuelcan gran parte de sus afectos en sus mascotas. Esto puede expresar algo positivo, porque revela que el ser humano fue creado para amar. Pero también puede convertirse en una señal de alerta si los vínculos humanos comienzan a cerrarse por heridas, traiciones o resentimientos. Cuando eso sucede, la capacidad de realización en el amor queda limitada y aparecen sustitutos que intentan ocupar ese lugar. Está bien amar a los animales, amar la naturaleza y amar toda la creación. Pero la llamada más profunda del ser humano consiste en amar como Dios ama.
El Evangelio de san Juan lo expresa con claridad: Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo para salvarlo. A veces, cansados, heridos o enojados, quisiéramos que Dios actuara de otro modo. Quisiéramos una justicia inmediata y contundente. Sin embargo, Dios es misericordia. Esa misericordia no elimina la justicia, pero está sostenida por un amor incondicional que abraza la vida de cada persona. Cuando alguien experimenta verdaderamente ese amor, todo cambia. Entonces es capaz de perdonar, de tener compasión y de actuar con ternura incluso cuando ha sido herido.
A un creyente se lo reconoce por esa capacidad de reproducir en su propia vida el amor incondicional que contempla en Dios. No abandonen nunca este camino. Contemplen siempre ese misterio de amor profundo, misericordioso e incondicional. Y cuestionen las imágenes falsas de Dios que puedan haberse instalado en su corazón. Porque cuando uno desarma una idea insana de Dios, toda la vida cambia.
Todos conocemos las luchas interiores, las heridas, las culpas y los conflictos que llevamos dentro. Muchas veces buscamos justificaciones o excusas para evitar enfrentarnos con aquello que necesita ser desarmado. Hay que desarmar la idea de que Dios no nos ama plenamente. Hay que desarmar la imagen de un Dios castigador que, aunque no queramos aceptarla, a veces sigue muy arraigada dentro de nosotros. La contemplación de la Santísima Trinidad constituye uno de los desafíos espirituales más importantes para todo creyente: descubrir a un Dios que es comunidad y amor incondicional.
Si me preguntaran qué necesita esta Argentina herida y fragmentada, respondería sin dudarlo: necesitamos crear comunidades y fortalecer las comunidades existentes. Por eso el trabajo que realizan fortaleciendo este Centro Misionero y acompañando a las familias es una tarea profundamente evangelizadora. Es una tarea eclesial, una tarea al servicio de la salvación y también una manera concreta de construir patria. Necesitamos generar espacios de encuentro, de reconciliación, de perdón y de crecimiento humano. No podemos dejarnos dominar por el resentimiento ni por los deseos de venganza que nacen en los corazones heridos. Muchos han sufrido la inseguridad, la violencia, la pérdida de bienes conseguidos con esfuerzo o incluso agresiones personales. Son experiencias dolorosas que dejan heridas profundas. ¿Cómo no va a ser un pueblo herido un pueblo que vive estas situaciones constantemente?
Sin embargo, estamos aquí para proclamar que Dios es amor incondicional y que nosotros queremos ser imagen de ese amor. ¿Cómo lograrlo? Creyendo que todos pueden convertirse. Incluso aquellos que parecen más alejados. Todos pueden cambiar, todos pueden transformarse. Para eso hace falta paciencia. Mucha paciencia. Es natural sentir enojo, deseos de revancha o impulsos de venganza. Lo importante es no quedarse encerrado en esos sentimientos ni justificarlos. Hay que arrepentirse de ellos, presentarlos ante el amor incondicional de Dios y pedirle al Señor que forme en nosotros un corazón capaz de amar como ama la Santísima Trinidad.
Deseo que este espacio misionero siga siendo una verdadera casa de comunidad, un hogar para las familias de esta querida tierra de Remedios de Escalada. Cultiven, anuncien, celebren y sirvan con la convicción de ser portadores de ese amor incondicional. Y no renuncien nunca a amar. Aunque hayan sido traicionados, aunque hayan sufrido decepciones. Que una herida no los convierta en personas encerradas sobre sí mismas. Si una experiencia falló, eso no significa que todas vayan a fracasar. Todos podemos experimentar el amor incondicional que expresa la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
☩ Padre Obispo Marcelo (Maxi) Margni
Obispo de Avellaneda-Lanús
Avellaneda-Lanús, 31 de mayo de 2026.
