SALUDO A LOS SACERDOTES

 

Queridos hermanos sacerdotes:

En este día de San Juan María Vianney, patrono de los párrocos y modelo de todos los sacerdotes, quiero hacerles llegar mi saludo fraterno y agradecido.

Doy gracias a Dios por cada uno de ustedes, por la fidelidad que se manifiesta en lo cotidiano y en lo silencioso: una Eucaristía celebrada con amor, una visita al enfermo que nadie ve, la paciencia de escuchar a quien necesita hablar. Esa presencia fiel que se sostiene, aunque cueste, en medio de nuestro pueblo.

En este Año Jubilar Diocesano, la celebración de San Juan María Vianney coincide, providencialmente, con el cincuentenario del martirio del beato Enrique Angelelli. Su testimonio sigue iluminando nuestro ministerio porque nos recuerda que la vocación es siempre un camino de entrega, vivido con los pies en la tierra y el corazón en Dios.

Entre las palabras que identifican su vida y su ministerio hay una que permanece especialmente vigente: vivir «con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio». Quizás allí se encuentre una de las síntesis más profundas de nuestro servicio. Escuchar el Evangelio para reconocer la voz del Señor que no deja de llamar. Y escuchar al pueblo, porque ahí laten sus alegrías y también sus heridas. No son, en el fondo, dos escuchas distintas, sino un mismo acto de amor pastoral: el Evangelio nos lleva al encuentro con nuestra gente, y el clamor de nuestra gente nos hace volver, una y otra vez, al corazón del Evangelio.

Al releer la oración que Angelelli escribió con motivo de sus veinticinco años de sacerdocio, conmueve la sencillez de las imágenes con las que comprendía su propia vida: arroyo, camino, sauzal, cardón. Imágenes con las que expresaba una existencia que no buscó ocupar el centro, sino acompañar, dar sombra, señalar horizontes y permanecer firme aun cuando soplaran vientos adversos.

También nosotros estamos llamados a recorrer ese mismo camino, a dejarnos moldear por la vida compartida con nuestra gente, a tener —como escribió Angelelli— “las manos metidas en la tierra del hombre”, porque ahí, y no en otro lado, Dios sigue obrando en silencio su salvación.

Como escribía recientemente el Papa León, “la vocación sacerdotal se desarrolla entre las alegrías y las fatigas de un servicio humilde a los hermanos, que el mundo a menudo desconoce, pero del que tiene una profunda sed: encontrar testigos creyentes y creíbles del amor de Dios, fiel y misericordioso”. En nuestra diócesis —en los barrios, en las capillas, en los hospitales y las escuelas— el Señor sigue confiándonos la tarea de caminar junto a su pueblo ofreciendo este testimonio. Ahí se juega, cada día, la verdad de nuestro ministerio.

Si el Señor sigue confiándonos la tarea de caminar junto a su pueblo, también nos invita a cuidar a quienes hoy están discerniendo el camino al que Él los llama. Desde esta convicción quisiera compartirles una preocupación que nace, al mismo tiempo, de una gran esperanza.

No dejemos solos a los jóvenes en sus búsquedas vocacionales. Muchos de ellos llevan preguntas hondas, aunque no siempre sepan ponerles nombre. Necesitan adultos creyentes que los escuchen de verdad y los ayuden a discernir.

De manera especial, les pido que estemos atentos a los jóvenes que quizás estén siendo llamados al sacerdocio. No tengamos miedo de acercarnos a ellos y proponerles ese camino. La vocación necesita libertad, pero también testigos que muestren, con la vida, la alegría de seguir a Jesús.

Que San Juan María Vianney renueve en nosotros la alegría de servir. Que el testimonio del beato Enrique Angelelli nos ayude a mantener siempre un oído en el pueblo y otro en el Evangelio. Que María nos sostenga en la fidelidad a la misión que el Señor nos ha confiado. Y así, renovando la alianza, seguiremos caminando juntos.

Con afecto fraterno y mi bendición.

☩ Padre Obispo Marcelo (Maxi) Margni
Obispo de Avellaneda-Lanús

Avellaneda-Lanús, 04 de agosto de 2026.