ORIENTACIONES PASTORALES
PARA UNA IGLESIA QUE VIVE Y CELEBRA LA COMUNIÓN

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este Año Jubilar Diocesano, mientras celebramos los veinticinco años del camino compartido en esta Iglesia de Avellaneda-Lanús, resuena una y otra vez en nuestros corazones el lema que nos anima: «Renovando la alianza, caminamos juntos». Estas palabras expresan no sólo la memoria agradecida de una historia que Dios ha ido tejiendo entre nosotros, sino también una llamada a renovar la comunión y la misión para el tiempo que tenemos por delante. Por eso me ha parecido especialmente significativo compartir con ustedes estas orientaciones pastorales en la solemnidad de Corpus Christi, cuando toda la Iglesia contempla y celebra el misterio de Cristo que nos reúne como un solo cuerpo y nos alimenta con el Pan de la vida para sostener el caminar juntos.

Un camino de discernimiento compartido

Las sencillas reflexiones y orientaciones que pongo en sus manos son fruto de un proceso de discernimiento desarrollado a lo largo de estos años, alimentado por el diálogo con sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos de nuestra diócesis, por los intercambios en los distintos organismos de participación y por las experiencias compartidas en nuestras comunidades. De manera particular, han sido una fuente muy valiosa las visitas pastorales que vengo realizando en las parroquias de la diócesis. Aunque este recorrido se ha visto necesariamente ralentizado por las circunstancias de salud que muchos conocen, me ha permitido acercarme más a la realidad concreta de nuestras comunidades, reconocer sus riquezas y desafíos, y escuchar las inquietudes y esperanzas del Pueblo de Dios. Confío en que este camino de cercanía y escucha, una vez completado, nos ayudará también a concretar un paso necesario: la conformación de un Consejo Pastoral Diocesano, con un especial protagonismo de los laicos, como instancia estable de discernimiento, programación y animación de la pastoral para toda la diócesis.

Estas orientaciones se sitúan además en el horizonte más amplio que hoy vive toda la Iglesia. Nos encontramos transitando la etapa de recepción e implementación del Documento Final del Sínodo[1], llamados a crecer como una Iglesia cada vez más sinodal en la comunión, la participación y la misión. Al mismo tiempo, seguimos recibiendo la riqueza siempre actual del magisterio del Papa Francisco, particularmente de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium[2], que también el Papa León XIV nos ha invitado recientemente a redescubrir y asumir con renovado impulso misionero. También sus primeros documentos magisteriales Dilexi te[3] y Magnifica Humanitas[4] nos ofrecen luces valiosas para afrontar los desafíos culturales y sociales de nuestro tiempo, reafirmando la centralidad de la persona humana, la opción preferencial por los pobres, la importancia de los vínculos y la responsabilidad compartida en la construcción del bien común. En este aspecto, quiero motivar a todos – comunidades, movimientos, instituciones – a organizar encuentros de estudio de los documentos recién mencionados.

Al proponer estas nuevas orientaciones, no pretendo reemplazar ni dejar atrás las que compartimos al comienzo del trienio anterior[5]. Por el contrario, deseo recoger los frutos del camino recorrido y seguir profundizando los procesos que entre todos hemos iniciado. Muchas de aquellas llamadas conservan plenamente su vigencia y continúan reclamando nuestra atención y compromiso. Por eso quiero agradecer sinceramente a las comunidades, agentes pastorales e instituciones que han procurado encarnarlas en la vida cotidiana de la diócesis. De modo particular, agradezco a la Pastoral de Juventud el trabajo realizado en la elaboración y puesta en marcha del itinerario de formación de animadores, que ya ha sido presentado al Consejo Presbiteral.

Con la mirada puesta en el Señor que guía a su Iglesia y animados por el Espíritu Santo, quisiera proponer ahora tres acentos que puedan orientarnos en esta nueva etapa y que expresan el rostro de la Iglesia que estamos llamados a seguir construyendo entre nosotros: una Iglesia que se renueva con la alegría del Evangelio; una Iglesia de la alianza que reconstruye vínculos; y una Iglesia samaritana que camina con el pueblo cuidando la dignidad humana.

1. Iglesia que se renueva con la alegría del Evangelio

La alegría del Evangelio sigue siendo para nosotros una llamada siempre actual. Como nos enseñó el Papa Francisco y nos ha recordado recientemente el Papa León XIV, estamos llamados a pasar de una fe simplemente recibida a una fe verdaderamente vivida y experimentada. La transmisión de la fe constituye uno de los desafíos más importantes de nuestro tiempo y exige de nuestras comunidades una renovada creatividad misionera. Renovarnos con la alegría del Evangelio significa volver una y otra vez al encuentro con Jesucristo y al corazón de su Evangelio, para que seamos cada vez más capaces de anunciarlo, celebrarlo y testimoniarlo en medio de nuestro pueblo.

En este horizonte, la iniciación cristiana ocupa un lugar decisivo. Agradezco el trabajo que viene realizando la Junta Diocesana de Catequesis, recogiendo las experiencias impulsadas a partir de las Orientaciones para la catequesis e iniciación cristiana de niños[6] y acompañando el discernimiento de cada una de nuestras comunidades. Este camino nos ayudará a avanzar hacia propuestas cada vez más fecundas y compartidas, al servicio de la evangelización y de la transmisión de la fe, con vistas a la renovación del proyecto catequístico diocesano. Por eso, los animo a seguir trabajando en los encuentros de catequistas por decanato con este objetivo tan importante.

Dentro de este mismo esfuerzo, deseo señalar la importancia de una renovada pastoral bautismal. La significativa y constatada disminución del número de bautismos en los últimos años en nuestra diócesis nos interpela a desarrollar propuestas creativas, cercanas y misioneras que ayuden a las familias a redescubrir la riqueza de este sacramento, puerta de la fe y fundamento de toda la vida cristiana. Estamos llamados a acercarnos con sencillez y espíritu evangelizador a nuestros hermanos y hermanas, procurando que los itinerarios de preparación y celebración acompañen verdaderamente a las familias y evitando que exigencias o procedimientos que nacieron para servir a la fe terminen dificultando el acceso al Bautismo. Esto implica también preparar con mayor dedicación y espíritu comunitario las mismas celebraciones del bautismo, así como también cuidar el acompañamiento posterior a las familias que han bautizado a sus hijos en nuestras capillas y parroquias. De modo especial, encomiendo a los diáconos permanentes tomar este tema para estudiarlo, trabajarlo, y poder enriquecer con sus aportes a toda la Iglesia diocesana.

En este mismo camino, quiero invitar a todas las comunidades a revalorizar el domingo como el corazón de la vida cristiana. En una cultura marcada por la fragmentación de los tiempos, el debilitamiento de los vínculos comunitarios y una creciente vivencia individualista de la fe, necesitamos redescubrir el Día del Señor como el tiempo privilegiado del encuentro con Cristo resucitado y con los hermanos. Además, como enseñaba San Juan Pablo II, “el domingo tiene un valor de testimonio y de anuncio. Día de oración, de comunión y de alegría, repercute en la sociedad irradiando energías de vida y motivos de esperanza”[7]. Ya que la Eucaristía dominical reúne, alimenta y envía a la comunidad cristiana, necesitamos cuidar la calidad de nuestras celebraciones, la acogida, la predicación, el canto y “la participación plena, consciente y activa”[8] de todos. Que el domingo pueda volver a ser, cada vez más, una fiesta de la fe, un espacio de comunión y un impulso renovado para la misión. Se trata de hacer del domingo un espacio privilegiado para la cultura del encuentro, de la que tanto nos habló el querido Papa Francisco, y que es siembra fecunda para la vida de nuestras comunidades. Encomiendo a la Comisión Diocesana de Liturgia y al Coro Diocesano trabajar intensamente en esta línea ofreciendo espacios de estudio y formación, y también subsidios, que ayuden a las comunidades a revalorizar este aspecto central de la vida cristiana.

2. Iglesia de la alianza que reconstruye vínculos

En este Año Jubilar Diocesano, hemos sido invitados a reconocer que la comunión no es un punto de llegada ya alcanzado, sino siempre una tarea permanente. El Documento Final del Sínodo nos plantea una pregunta tan sencilla como exigente: «¿Cómo convertir nuestras relaciones para caminar realmente juntos?». También entre nosotros experimentamos que muchas veces el individualismo, las mezquindades, los intereses particulares o la tendencia a refugiarnos en los propios grupos debilitan la comunión y dificultan la construcción de proyectos compartidos. La recepción del Sínodo nos llama precisamente a una conversión de las relaciones, de los procesos y de los modos de participación, para crecer como una Iglesia donde cada bautizado pueda sentirse corresponsable de la misión común y donde los diversos dones y carismas se pongan al servicio de la evangelización.

Por eso queremos promover todo aquello que fortalezca los vínculos, la participación y el trabajo pastoral compartido entre comunidades, parroquias, movimientos e instituciones. Quiero alentar especialmente el surgimiento de iniciativas interparroquiales, zonales y decanales, que permitan afrontar juntos los desafíos de la evangelización, compartir recursos y reconocer los dones que el Señor ha sembrado en cada comunidad para el bien de todos.

En este mismo espíritu, considero necesario seguir fortaleciendo en cada comunidad de la diócesis el consejo pastoral y el consejo de asuntos económicos. Como ya señalé en las orientaciones anteriores, estos organismos constituyen una expresión concreta de la corresponsabilidad y de la participación sinodal que estamos llamados a vivir, por lo que esta indicación conserva plenamente su vigencia. Quiero agradecer a todas las comunidades que en este trienio han trabajado en este aspecto, animándolas a perseverar en este camino, y renuevo la solicitud a aquellas que aún no lo han hecho de conformar efectivamente estos organismos de participación e informar a la Cancillería al respecto, de acuerdo a las indicaciones oportunamente dadas.[9]

En este mismo horizonte se inscribe el camino de las unidades pastorales, sobre las que venimos reflexionando con el presbiterio, y que ya hemos puesto en marcha en nuestra diócesis con algunas experiencias piloto. Más que una mera reorganización práctica, se trata de aprender a pensar, discernir y actuar juntos, superando fragmentaciones y poniendo en común personas, recursos y proyectos al servicio de la única misión. Renovar la alianza que nos une como Iglesia de Avellaneda-Lanús significa también renovar nuestra decisión de caminar juntos, convencidos de que la comunión no debilita la misión, sino que la hace más creíble y fecunda. Quiero pedir a aquellas comunidades que están haciendo en la actualidad estas experiencias piloto que puedan hacer un registro por escrito de la experiencia que van realizando, de modo que pueda servir como aporte para el camino de otras comunidades que también sean llamadas a recorrer este camino.

Finalmente, en esta etapa en que estamos llamados a llevar adelante la recepción local y la implementación del Documento Final del Sínodo, quiero agradecer el trabajo del Equipo Sinodal Diocesano desde el comienzo mismo de este camino. Es, de hecho, su misión “promover y facilitar el crecimiento del dinamismo sinodal en los contextos concretos en los que vive la Iglesia local; identificar herramientas y metodologías adecuadas —también en lo referente a las propuestas formativas— y poner en marcha las iniciativas necesarias para avanzar en los pasos establecidos”[10]. Por eso pido a las comunidades que inviten al Equipo Sinodal Diocesano a ofrecer talleres, encuentros y materiales que ayuden en este proceso de recepción del Sínodo.

3. Iglesia samaritana que camina con el pueblo cuidando la dignidad humana
La Iglesia está llamada a hacer visible el amor de Cristo en la vida concreta de nuestro pueblo. Desde el Concilio Vaticano II hasta el magisterio reciente del Papa León XIV, se nos recuerda que la cercanía a los pobres, a los enfermos, a quienes sufren exclusión o viven situaciones de fragilidad, no es una tarea secundaria sino una expresión esencial de la fe cristiana. El mismo Papa León afirmaba en su primera exhortación apostólica: «Estoy convencido que la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito»[11]. Del mismo modo, nos ha recordado recientemente que «la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer»[12]. Cuidar la dignidad de cada persona, especialmente de quienes más sufren, forma parte de nuestra misión evangelizadora y de nuestro testimonio del Evangelio.

Por eso siento la necesidad de dar gracias por las innumerables expresiones de solidaridad presentes en nuestra diócesis: las Cáritas parroquiales, los comederos y merenderos, los hogares de niños y de ancianos, las ollas de la caridad, la Fundación Di Pasquo, el Hogar de Cristo, y tantas otras iniciativas que, muchas veces silenciosamente, sostienen la esperanza de nuestro pueblo. La Vicaría de la Solidaridad, que se encuentra en su etapa fundacional, viene realizando un valioso trabajo, que agradezco de corazón, y puede ayudarnos a fortalecer cada vez más la articulación y el tan necesario trabajo en red. Pero no debemos olvidar que la responsabilidad de la caridad pertenece a cada comunidad cristiana.

Por eso quiero animar con fuerza a todas nuestras comunidades a preguntarse con renovada sinceridad cuáles son hoy las heridas, pobrezas y fragilidades presentes en su propio territorio, y cómo desde el Evangelio se sienten llamados a dar respuesta a esos clamores. Ninguna parroquia, capilla, movimiento o institución eclesial debería sentirse ajena al sufrimiento de quienes viven a su alrededor. Aquí quisiera recordar las palabras del Papa Francisco: “La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria”[13]. Alimentados por la Eucaristía, estamos llamados a salir al encuentro de quienes más nos necesitan, haciendo de nuestra Iglesia una presencia cercana, fraterna y samaritana, que cuide la dignidad humana y anuncie con obras el amor de Cristo.

Hacia una cultura del encuentro

Al concluir estas orientaciones, quisiera invitarlos a mirar nuevamente el camino que el Señor nos propone recorrer juntos. Las tres acentuaciones que hemos contemplado expresan una misma llamada: crecer como una Iglesia que cultiva el encuentro. El encuentro con Jesucristo, que renueva nuestra vida con la alegría del Evangelio; el encuentro entre nosotros, que nos permite reconstruir vínculos de comunión y corresponsabilidad; y el encuentro con nuestro pueblo, especialmente con quienes más sufren, para hacer visible la cercanía y la ternura de Dios.

Vivimos tiempos marcados por la fragmentación, la soledad y la dificultad para construir lazos duraderos. También la vida eclesial puede verse afectada por el individualismo, las divisiones o la tentación de refugiarnos en preocupaciones secundarias, perdiendo de vista lo esencial. Por eso estamos llamados a cuidar aquello que constituye el corazón mismo de la Iglesia: el encuentro con Cristo, la comunión fraterna y el servicio generoso a los demás. Sólo así podremos seguir construyendo una verdadera cultura del encuentro, capaz de renovar nuestras comunidades y hacer más fecundo nuestro testimonio.

Que este Año Jubilar Diocesano nos ayude a renovar la alianza que nos une como Iglesia de Avellaneda-Lanús y a caminar juntos con esperanza. Que nadie se sienta ajeno a este camino y que cada uno pueda aportar los dones que el Señor le ha confiado para el bien de todos… ¡Todos somos necesarios! Como ya les dije en otras ocasiones, “en la diócesis de Avellaneda-Lanús, ¡no sobra nadie!”[14].

Quiero confiar especialmente este camino pastoral a la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, Nuestra Señora de la Asunción. Y deseo hacerlo con las palabras del querido Beato Eduardo Pironio, cuya memoria sigue siendo para nosotros fuente de inspiración:

“Señora del Cenáculo, Madre de la Iglesia, tú que presidiste en el amor la oración de los apóstoles y la espera del Espíritu Santo, enséñanos a vivir y a gustar el misterio de la Iglesia. Enséñanos a engendrar la Iglesia como tú, desde nuestro corazón lleno de fe. Enséñanos tu oración silenciosa y tu disponibilidad al Espíritu para saber acompañar a la Iglesia desde dentro, como tú, para que por nuestro sí la Iglesia vaya creciendo en fidelidad, en comunión y en santidad”.

A todos los abrazo con afecto y les doy mi bendición de pastor,

☩ Padre Obispo Marcelo (Maxi) Margni
Obispo de Avellaneda-Lanús

Avellaneda-Lanús, 6 de junio de 2026, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

[1] Documento Final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos; 26/10/2024: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP—Documento-finale.pdf
[2] Papa Francisco; Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual; 24/11/2023: https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
[3] León XIV; Exhortación Apostólica “Dilexi te” sobre el amor hacia los pobres; 4/10/2025: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_exhortations/documents/20251004-dilexi-te.html
[4] León XIV; Encíclica “Magnifica Humanitas” sobre la custodia de la persona humana en tiempos de la inteligencia artificial; 15/5/2026: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
[5] Padre Obispo Maxi Margni; Orientaciones pastorales para nuestra Iglesia en camino; Pentecostés 2023: https://avellanedalanus.org.ar/orientaciones-pastorales-pentecostes-2023/
[6] Padre Obispo Maxi Margni; Orientaciones para la catequesis de iniciación cristiana de niños; 1/12/2024: https://avellanedalanus.org.ar/orientaciones-catequesis-iniciacion/
[7] San Juan Pablo II; Carta Apostólica “Dies Domini”, 84.
[8] Concilio Vaticano II; Constitución “Sacrosanctum Concilium”, 14.
[9] Recuerdo y renuevo, en este sentido, el pedido que hice en las Orientaciones pastorales del año 2023: “Espero recibir de cada parroquia una presentación de estos dos consejos (qué modalidad asumen, cómo están conformados y cómo se renuevan, con qué periodicidad se reúnen, cuáles son sus tareas y responsabilidades)”.
[10] Cfr. Pistas para la fase de implementación del Sínodo 2025-2028: https://www.synod.va/content/dam/synod/process/implementation/pathways/250102—ESP-Pistas-para-la-fase-de-implementacion.pdf
[11] Papa León XIV; Exhortación apostólica “Dilexi te”, 7.
[12] Papa León XIV; Encíclica “Magnifica Humanitas”, 114.
[13] Papa Francisco; Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, 200.
[14] Cfr. Homilía del Padre Obispo Maxi Margni en la Celebración Diocesana de Corpus Christi 2022.