AVELLANEDA-LANÚS VIVIÓ CON ALEGRIA SU FIESTA DIOCESANA EN EL MARCO DE SU JUBILEO POR LOS 25 AÑOS DE SU NUEVA REALIDAD
Las comunidades de la Diócesis de Avellaneda-Lanús se congregaron este sábado 24 de octubre en el Parque “La Estación” de Avellaneda para celebrar la Fiesta Diocesana, en el marco del Jubileo por los 25 años de la unión de ambos territorios bajo el lema: «Renovando la Alianza, caminamos juntos».
La jornada se sumó a las tradicionales celebraciones anuales de la diócesis que, en este año jubilar, representaron ocasiones de gracia para renovar la alianza y fortalecer el camino compartido como Pueblo de Dios. Sobre las inclemencias climáticas que acompañaron el año, el Padre Obispo Marcelo “Maxi” Margni expresó: «Este año estuvimos marcados por la lluvia en cada encuentro; de ninguno zafamos, ¡hasta la peregrinación a Luján la vivimos con tormenta! Quizás sea un modo de recordarnos que ninguna inclemencia, ni del tiempo ni de la vida, debe ponernos obstáculos para encontrarnos y caminar juntos. Por eso es doble la alegría de estar acá, aunque el cielo nos advierta que se acerca la tormenta: casi una alegoría de lo que nos toca vivir en estos tiempos».
Durante su homilía, el Padre Obispo Maxi agradeció a quienes hicieron posible el encuentro e invitó a la comunidad a profundizar el lema jubilar. Para caminar juntos y renovar la alianza -remarcó- es necesario “amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. No demos más vueltas. Así de sencillo y así de profundo”.
En su mensaje, el obispo valoró el recorrido histórico de la diócesis: “Es una alegría celebrar esta fiesta, que nos propone hacer memoria agradecida del camino recorrido en estos 25 años de nueva realidad, de unidad entre Avellaneda y Lanús”. Asimismo, reconoció con honestidad las dificultades del proceso de integración: “Dos Iglesias con caminos diferentes empezaron a ser una, y no siempre fue fácil. Hay que reconocerlo, no hay que ocultar las cosas. Hubo quienes sintieron que dejaban una casa querida… Solo el perdón de lo que ha lastimado puede abrirnos caminos como comunidades”.
En otro momento de su mensaje, Mons. Margni definió la identidad de la comunidad diocesana convocando a la acción: “Iglesia de Avellaneda-Lanús: humildad y coraje. La humildad de la Virgen y el coraje para transformar todo lo que hace falta, todo lo que duele de injusticia, todas las oscuridades de este tiempo”. A su vez, reafirmó la vocación de apertura de la Iglesia local: “Esta comunidad tiene que seguir siendo abierta para recibir a todos, todos, todos. Aquí no solo no sobra nadie, sino que todos somos necesarios”.
A lo largo de la tarde, las comunidades, instituciones y movimientos dieron testimonio de la riqueza pastoral a través de los diversos stands desplegados en el predio. También se rindió homenaje a los “testigos de la fe”: sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos que entregaron su vida al Evangelio en estas tierras.
El cierre festivo estuvo a cargo de las presentaciones musicales de Uriel Arcodaci y el grupo Filocalia, quienes acompañaron el final de la jornada con sus canciones.
A continuación se trascribe la homilía completa del Obispo de Avellaneda-Lanús
Homilía en la Fiesta Diocesana por los 25 años
de la nueva realidad diocesana de Avellaneda-Lanús
Queridísimo pueblo de Dios aquí reunido; queridos sacerdotes, diáconos, miembros de la vida religiosa y consagrada; hermanas y hermanos todos:
Es una gran alegría celebrar esta fiesta, que nos invita a hacer memoria agradecida del camino recorrido en estos 25 años de una nueva realidad: la unidad entre Avellaneda y Lanús. Por eso estamos hoy aquí, todos reunidos.
Quisiera saludar especialmente la presencia de cada comunidad de nuestra diócesis, todas unidas en este pueblo de Dios, cada una desde su lugar de origen, en esta Iglesia de Avellaneda-Lanús que cumple un cuarto de siglo de camino compartido
Mis primeras palabras son de profunda gratitud. Luego el padre Ricardo las retomará, pero quiero agradecerle inicialmente a él, al equipo organizador, a las comunidades, a los movimientos y a los servicios diocesanos, que están desde muy temprano preparando cada lugar para que lo recorramos. Al querido padre Ricardo Nariccio le tiré la responsabilidad, y la asumió con enorme alegría. Del mismo modo, agradezco al padre Mario y a la comunidad de Armengol en Corpus Christi; al padre Gabriel y a la comunidad de la Catedral el 15 de agosto, en nuestras fiestas patronales; y al padre Fernando y a toda la comunidad de San Tadeo el 15 de octubre, celebrando a Santa Teresa en Lanús. A todos, un agradecimiento de corazón por tanto esfuerzo y entrega.
Este año estuvimos marcados por la lluvia en cada encuentro; de ninguno zafamos, ¡hasta la peregrinación a Luján la vivimos con tormenta! Quizás sea un modo de recordarnos que ninguna inclemencia, ni del tiempo ni de la vida, debe ponernos obstáculos para encontrarnos y caminar juntos. Por eso es doble la alegría de estar acá, aunque el cielo nos advierta que se acerca la tormenta: casi una alegoría de lo que nos toca vivir en estos tiempos.
La simplicidad del Evangelio
En el Evangelio de este domingo escuchamos a Jesús responder con simplicidad. Intentan ponerlo a prueba, y quienes lo hacen son justamente aquellos que se consideran los verdaderos dueños de los mandatos y de las leyes de Dios. Qué actitud tan triste la de los creyentes cuando caen en esa postura. Mientras tanto, el pueblo estaba agobiado y confundido, abrumado por tantos preceptos que cumplir. Y Jesús, que está en la mira de todos, sale por arriba: simplifica. No se trata de dar tantas vueltas: amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo.
Querida Iglesia de Avellaneda-Lanús: ¿qué debemos hacer para seguir caminando juntos y renovar la alianza? Amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. No demos más vueltas. Así de sencillo y así de profundo.
Queremos mirar siempre a Jesús. Queremos que Él nos siga enseñando el valor de la simplicidad, la humildad y la mansedumbre, así como la sabiduría de quienes saben caminar a la luz del querer de Dios.
Lo contemplábamos el 15 de agosto al mirar a nuestra patrona, la Virgen de la Asunción, un misterio que atraviesa toda nuestra identidad: el deseo de Dios de no permitir que la muerte atrape del todo a nuestra humanidad, a la que tanto ama. Y la humanidad más amada es la más humilde, como María, que es nuestro faro. El 15 de octubre, en cambio, reflexionábamos en torno al misterio de Santa Teresa: una mujer de coraje, profundamente enamorada de Dios. Ese es el coraje de las mujeres, el coraje que transforma.
Iglesia de Avellaneda-Lanús: humildad y coraje. La humildad de la Virgen, para que Dios rescate de la muerte a esta humanidad de la que está prendado de amor; y el coraje para transformar todo lo que haga falta, todo lo que duele por la injusticia y todas las oscuridades de este tiempo.
Un camino de perdón, reconciliación y unidad
Al comienzo de estos 25 años de camino les propuse dos actitudes esenciales. La primera: pedir perdón, si en algo no estuvimos a la altura de construir un camino que nos haga verdaderamente hermanos. El perdón es delicado, porque los enfrentamientos y las diferencias no siempre son fáciles de saldar, pero resulta indispensable. Solo el perdón de aquello que nos ha lastimado puede abrirnos nuevos horizontes como comunidades, y a cada uno de nosotros también en nuestras familias. El perdón no consiste únicamente en pedirlo, sino también en ofrecerlo, para que todo se convierta en un proceso real de reconciliación. Hay heridas que necesitan sanar.
Dos Iglesias con recorridos diferentes comenzaron a ser una sola, y no siempre fue un proceso sencillo. Hay que reconocerlo con honestidad, sin ocultar las cosas. Hubo quienes sintieron que dejaban atrás una casa muy querida: Lanús dejaba su pertenencia a la diócesis de Lomas de Zamora, una casa en la que habían crecido y donde habían experimentado la fuerza de una vida y de una identidad propias. De pronto, se los invitó a formar parte de este camino nuevo, y eso generó dolores. A la vez, significó un desafío para la Iglesia que recibía esa nueva realidad: el diálogo, el encuentro y, en ocasiones, las inevitables diferencias. Luces y sombras, como en la vida misma, como nos ocurre a todos. Por eso es necesario seguir caminando y reconciliándonos para dar paso a un tiempo nuevo, pues este Jubileo quiere ser fecundo para el futuro.
Después de encontrarnos, nadie vuelve a ser el mismo. Avellaneda ya no es la misma que hace 25 años gracias a la riqueza que Lanús vino a aportarle; y Lanús tampoco es la misma tras sumarse a este peregrinar. Todos hemos cambiado. Que esas diferencias nos hagan siempre mejores y jamás nos vuelvan peores.
Dios, garante de nuestra Alianza
«Renovar la alianza», dice nuestro lema. En la Sagrada Escritura, la alianza se renueva siempre tras las heridas y las tormentas, como las que hemos atravesado este año y como las que vendrán. Y no renovamos un contrato entre personas perfectas: nadie aquí lo es, ninguna comunidad, ninguna persona. Renovamos la alianza porque Dios es fiel. Él es el verdadero garante de este camino que compartimos. Lo expresamos en ese hermoso himno —poesía y canción— que nos regaló Daniel Poli, un artista nacido en nuestra propia Iglesia: Él camina con nosotros. El Resucitado es el principio de nuestra unidad, una unidad que se vive activamente en el camino.
Esta comunidad debe seguir siendo abierta para recibir a todos, todos, todos, como nos insiste el Papa Francisco y como cantamos en nuestro himno. Hace cinco años yo también llegué como un extraño; sin embargo, tras este tiempo de caminar juntos, hoy me siento en casa. Ustedes lo hicieron posible al abrirme las puertas de sus hogares, de sus comunidades y de sus corazones. De esa misma manera debemos actuar: abrir las puertas a todos para que este pueblo santo de Dios, peregrino en Avellaneda-Lanús, siga creciendo. Aquí no solo no sobra nadie, sino que todos somos necesarios; incluso aquellos que aún no han llegado, a quienes debemos abrirles la puerta y reintegrar al camino porque hoy se encuentran alejados.
Los tres acentos de nuestras Orientaciones Pastorales
Ojalá los frutos de este Jubileo se vean reflejados en las orientaciones pastorales que les presenté este año, organizadas en tres acentos principales:
1- Vivir la alegría del Evangelio: Volver al corazón del mensaje de Jesús, tal como lo cantamos en el himno.
2- Una Iglesia de la alianza que reconstruye vínculos: El prójimo es fundamental. Debemos acercarnos, restaurar los lazos quebrantados y proponer relaciones nuevas. Una alianza que rehace la comunidad. Ayer me reuní con el nuevo equipo de Pastoral Juvenil y el padre Rolo; nos quedamos conversando hasta las dos de la mañana. En la charla, alguien mencionó un estudio de la Universidad de Buenos Aires sobre las creencias sociales de los argentinos. Allí se habla del crecimiento de lo que denominan el «ningunismo»: un porcentaje cada vez mayor de personas que no se identifican con nada ni participan en ningún espacio; menos lazos sociales y más distancia. Sin embargo, hay un dato que llama poderosamente la atención: entre los pocos espacios de participación, los grupos religiosos son los que más convocan, ubicándose apenas por encima de los clubes y de las organizaciones de ayuda social. No lo decimos nosotros, lo señalan quienes analizan la realidad de nuestro país. Es verdad que son números bajos, pero demuestran que las comunidades de fe siguen siendo uno de los escasos lugares donde todavía se teje tejido social y comunitario. Si poseemos esta fortaleza y tenemos la posibilidad de ofrecérsela a nuestro pueblo, que nuestras casas y templos se ofrezcan generosamente como espacios para reconstruir la comunidad. No dejemos de hacerlo. No es solo una oportunidad: es un imperativo de Dios, porque la fe se vive comunitariamente y los vínculos que el país necesita sanar se reconstruyen haciendo comunidad.
3- Hacia una cultura del encuentro: Este tercer acento nos llama a ser una Iglesia samaritana, capaz de reconocer el sufrimiento de tantos, que sale a servir y se pone de rodillas ante los necesitados. Atravesamos tiempos difíciles y no podemos pasar de largo. Esa es nuestra misión.
La visita del Papa León XIV
Estamos aguardando con ilusión la visita del Papa. Muchos ya se han ofrecido como servidores y voluntarios, y aquí mismo me lo van confirmando, lo cual es una gran alegría. Por estos días nos encontramos entre preparativos y también atentos a la salud: los pastores también nos enfermamos —primero me tocó a mí, ahora al Santo Padre—, pero salimos adelante y el Señor nos acompaña. Lo esperamos con el corazón abierto, y serán jornadas de mucho encuentro y profunda intensidad para nuestras comunidades creyentes. No dejemos pasar este momento para escuchar a nuestro pastor, que viene a estar entre nosotros, y para estar a la altura de un país que está sufriendo mucho: dialogar, abrazarnos verdaderamente entre todos para poder recibir al querido Papa.
Lo hacemos hoy, encontrándonos y reconociéndonos hermanos. No quiero extenderme más. Nos aguardan las comunidades, los movimientos y los servicios que han trabajado desde muy temprano para mostrarnos lo que hacen, presentarse, encontrarnos y disfrutar de nuestra identidad y de nuestra labor. Qué hermoso es sentir que somos parte de este pueblo querido, de estas comunidades que trabajan, se esfuerzan y caminan unidas. Esta es la alegría del Evangelio: renovar la alianza.
☩ Padre Obispo Marcelo (Maxi) Margni
Obispo de Avellaneda-Lanús
Avellaneda, 24 de octubre de 2026.
